¿Cuál es el estado actual de la ética?

Escrito por drbillivaldodias 29-09-2006 en General. Comentarios (9)

 

*DR BILLIVALDO DIAS

 

IMPORTANCIA DE LA ETICA DE LA VIRTUD

A través de la historia se han desarrollado diversas concepciones de la ética, que han influido en la sociedad de cada tiempo, asimismo la sociedad ha sido tema sobre el cual se ha escrito y por lo tanto sociedad y ética forman una relación que es posible entender de acuerdo con el comportamiento de los seres humanos. Así tenemos la ética virtuosa de los antiguos griegos como excelencia; la ética terapéutica helenística del estado mental hacia el autocontrol; el impulso religioso de la esperanza; el contexto individualista de la edad media y la implementación de la razón en la ética ilustrada, entre otras.

 

La (des) evolución de la ética, con respecto a la época en que vivimos, ha conseguido generalizarse a una gran cantidad de personas, pero no ha superado su malogro en cuanto a calidad se refiere, por las pobres expectativas que cubre el término con respecto a su significado original; esto es, en el sentido de que los seres humanos tienen cada vez menos motivos para practicar una vida de excelencia en hábitos o hacia el éxito de los papeles sociales que desempeñan a lo largo de su vida, y se guían más por el placer que deviene de un estado mental o el beneficio personal que se consigue a corto plazo.

    

Esta dilución ética se acrecentó con los intentos del proyecto universalista que se fraguó en vistas del ideal cientificista que aún permanece en los programas educativos sobre valores y gran cantidad de libros de consulta sobre el tema. El inicio de la propuesta tiene su origen en los intentos de ver la ética como sinónimo de utilidad Bentham[1], (1830); como control mental Theodore Fechner[2], (1885); como control de la conducta Thorndike[3], (1911) y la creencia de que términos como bien y felicidad carecen de valor, G. E. Moore[4](1903). El impulso de una ética cientificista tuvo como marco el año de 1890 cuando la nueva psicología centrada en la ciencia cuantitativa, dirigida por James McKeen Cattell presidente de la A.P.A. (American Psychological Association) bajo el lema de reforma, eficiencia y progreso proyectaba la promesa de que con la ayuda de la psicología sería posible lograr una nueva ética y una nueva educación.

 

Cuando la ética entra al terreno de la ciencia y se pretende la medición de la conducta, se dejan de lado los fines que debieran perseguir los individuos, la voluntad como modeladora del carácter y en consecuencia las prácticas de excelencia en los papeles sociales; y es a través de las aseveraciones de Skinner donde se plantea el camino ha regido la ética en el campo institucional hasta el día de hoy “En ninguna de estas disciplinas hay cabida para el vitalismo, la mente o la teleología. Toda conducta, aprendida o no, es producto de la historia de sus reforzamientos del individuo o de su constitución genética. La conducta no es nunca consecuencia de la intención o de la voluntad” (Leahey, 2005. p. 368). Ante este panorama se desarrolló la ética durante gran parte del siglo XX, que apoyada por la revolución cognitiva encaminó su tendencia hacia el prototipo de la imagen de mecanizar al mundo, luchando contra cualquier bastión de teleología en la conducta de los individuos.

 

El proyecto universalista sin embargo, encontró su límite[5], la ciencia cognitiva para algunos no era ya la respuesta, en este contexto durante los años ochenta se libraron una gran cantidad de debates por los escasos resultados que se habían obtenido comparados con las expectativas que manifestaron sus seguidores, en 1981 “los editores de Cognition, que entonces celebraban su décimo aniversario, escribieron que <el progreso de la ciencia cognitiva no es evidente>, que desde 1971 no se habían dado <avances significativos> en este campo y que <casi nada ha cambiado en realidad> (Mehler y Franck, 1981. p. 5), surgiendo de ahí una serie de vertientes contrarias algunas moderadas y otras radicalmente diferentes en torno a la ética del ser humano. De tal discusión se llegó a concluir que la adquisición del conocimiento basado en reglas con un origen inconsciente no lleva más que a resultados irracionales.

 

La educación que ha sido el campo por excelencia donde se han aplicado los resultados de avances de la psicología cognitiva experimentó un descontrol por el abanico de propuestas que se estaban generando; dentro de la misma psicología algunos cognitivistas intentaron reorientar sus proyectos hacia la moral de las virtudes como fue el caso de Kholberg, “Cabe destacar que Kohlberg despreció durante mucho tiempo el ámbito de la educación del carácter por su planteamiento de «saco de virtudes», acusándole de elegir, en cierto modo arbitrariamente, virtudes de entre una gran variedad. Aristóteles (1987), algo irónicamente, aducía que la virtud principal que aportaba coherencia a las demás era el razonamiento práctico, esencialmente la capacidad de razonar correctamente. Cabe destacar que, al final de sus días, Kohlberg y sus colegas intentaron una integración preliminar del modelo de virtudes con su propio modelo (Power, Higgins & Kohlberg, 1989)”. (Berkowitz, p. 8); Thomas Lickona[6] (1991); y representantes de la educación moral de hábitos virtuosos en autores como R.S. Peters, I.P. Nucii, W. Brezinka y R. Medina[7], entre otros.

 

En el campo de la filosofía, se han dejado ver propuestas que sostienen firmemente la necesidad de una ética de la virtud, autores como Alasdair MacIntyre, Alejandro Vigo, Jaqueline Jongitud[8] y Victoria Camps creen que la ética de nuestro tiempo quebrantada por los intentos universalistas debe ir en búsqueda de los marcos contextuales que rodean a los individuos para el desarrollo de las prácticas acordes con sus papeles sociales.

 

Creemos pues, que es el momento propicio de retomar la ética de la virtud en el campo educativo, ya que a nuestro juicio se han dado por lo menos dos condiciones para ello, la primera vista a través de la transición política en un marco donde las exigencias internacionales fomentan la transparencia de información y datos que requiere un cambio de actitud y hábitos de sus personajes, y la segunda emanada del proyecto nacional de valores que a dieciséis años de su implementación y con los últimos resultados en Septiembre de 2006 denominado: Actitudes cívicas en México y otras naciones, se percibe un agotamiento de los  recursos de solución en torno a los problemas éticos de la escuela y su impacto es muy pobre en la sociedad, ya que se ha logrado a grandes vistas la promoción de un juicio ético en los escolares y docentes, “78% considera que un buen ciudadano es quien vota en las elecciones, protesta pacíficamente contra las leyes injustas, conoce la historia de su país, actúa solidariamente, respeta a los representantes del gobierno, promueve los derechos humanos y actúa para proteger el medio ambiente”. (p. 82), pero el estancamiento es claro, ya que es preocupante que el 47% opina que si la ley está en contra de sus intereses es legítimo no apegarse a ella; así como la afirmación del 82% de los escolares opina que la pobreza en México se debe a la corrupción del gobierno, por lo que el 77% desconfía en las instituciones: gobierno, federal municipal, tribunales de justicia, policía, partidos políticos y el congreso.

 

Las conclusiones del estudio coinciden con nuestra perspectiva: “La escuela requiere articular un plan integral en donde exista congruencia entre los propósitos educativos y las formas cotidianas de la vida escolar, creando en ella un ambiente formativo, un ethos donde la enseñanza se base en la práctica coherente y sistemática de valores en todos sus ámbitos” (Guevara y Tirado. 2006. p. 85). Tenemos pues un avance significativo en la capacidad de valorar las actitudes positivas y negativas, pero no se ha enfatizado en el siguiente eslabón, es decir ¿Qué hacer ahora que se valora el buen desempeño de los maestros, funcionarios y gobernantes sobre las prácticas indolentes, prepotentes y corruptas? ¿Qué actitud debemos tomar en los espacios institucionales donde las prácticas viciadas aún prevalecen?

 

Lo que sigue debiera ser encaminarnos hacia una ética contextualizada, donde se retomen los marcos que rodean a los individuos; una ética que se enfoque al desarrollo de las virtudes, que favorezca los hábitos de excelencia y el fomento de los bienes internos a las práctica de papeles sociales; y una ética de la virtud que impacte en hábitos de excelencia dentro de las instituciones.     

 

En este sentido, creemos necesario por lo menos dos tareas básicas, primero, iniciar con la clarificación conceptual de los términos que rodean a la ética de la virtud y segundo, analizar la manera que se recurre al uso de los términos que rodean la ética en el campo institucional, aspectos ambos necesarios para el diseño de una propuesta dentro del ámbito de la educación.

 



[1] Según la cual, el placer y el dolor son cuantificables “Su objetivo debía ser la mayor felicidad posible para el mayor número posible de personas” (Leahey, 2005. p. 178).

 

[2] “Fechner se dio cuenta de que el contenido de la conciencia se podía manipular controlando los estímulos a los que el individuo está expuesto” (Op. cit. p. 197).

 

[3] En palabras de Thorndike: “No puede darse ninguna garantía moral en el estudio de la naturaleza del hombre a menos que dicho estudio nos sirva para controlar sus actos”. (Op. cit. p. 326).

 

[4] En el campo de la ética, Moore (1959), fue el primer filósofo que se ocupó de esclarecer enunciados morales, sobre todo aquellos relacionados con el término “bueno”. En su libro Principia Ethica –publicado en versión original en 1903– Moore expone un método de análisis que pueda ser considerado como válido para definir este tipo de nociones. (Quintero, M. y Ruiz, A. 2003. p. 2).

 

[5] En 1981, J. Jenkins, que había vivido la transición del conductismo mediacional al procesamiento de la información, afirmó que <existía un malestar en la psicología cognitiva, una inquietud por estudiar nimiedades, una falta de orientación>” (Leahey, 2005. p. 400).

 

[6]  “quien ha planteado argumentos consistentes y eficaces para un enfoque integrado sobre educación moral (ver Ryan & Lickona, 1987)” (Berkowitz, p. 2).

 

[7] “La característica que mejor define este paradigma es la consideración de que no basta conocer intelectualmente la virtud, es necesario que se mantenga una línea de conducta virtuosa que se constituya en hábito. Pero, ¿cuál es el criterio de virtud? Este es uno de los aspectos más discutibles de esta tendencia”. (Ojalvo, 2003. p. 8).

 

[8] Quien expone con precisión la importancia de la ética sustancialista, también llamada contextual en su artículo denominado: Teorías éticas contemporáneas.  

 

 

 

 

 

 

*Investigador de tiempo completo en temas como Etica, Virutd y Educacion en general.

  Especialista en CREATIVIDAD.